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Actualidad |
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Noche,
fuego, lagrimas y Agua |
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Cuando
Jesús Munilla, uno de los pasadores clásicos, se disponía a
cruzar la alfombra de brasas, el recinto de la Virgen de la Peña se
encontraba en completa penumbra. La presencia amenazadora de una
tormenta cortó por un momento el suministro eléctrico. Pese a
ello, y tras unos segundos de espera, Munilla se lanzó al fuego.
Fue entonces cuando la espectacular tradición sampedrana se ofreció
en toda su belleza. Los flashses de las cámaras, las chispas que se
originaban por las contundentes pisadas y las gotas se lluvia
ofrecieron un cuadro inolvidable que justificó, a pesar de lo efímero
de la escena, la visita a la capital de Tierras Altas en su noche mágica. |
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fuente:
Heraldo de Soria |
Antes
del citado pasador, otros once sampedranos habían cumplido con el rito cuando
pasaban pocos minutos de la hora bruja. La imponente alfombra de brasas fue
estrenada por Alejandro, hijo del "Chichorrillas". Más adelante
pasaría su hermano y el propio Alejandro padre, en lo que constituyó uno de
los momentos más emotivos.
Pero la noche del Paso del Fuego, como todos los grandes espectáculos, es
mucho más que la imagen de los pasadores. Al caer la noche de San Juan en
viernes, las inmediaciones de la Virgen de la Peña estaban abarrotadas. La
organización hubo de disponer un sistema de acceso que demoró la entrada en
el recinto para muchos en bastantes minutos (en algunos casos horas); de
hecho, los últimos en llegar tuvieron que conformarse con verlo en la
pantalla que se instala en la plaza del Ayuntamiento.
Tras el desfile protagonizado por las Móndidas, la pauta marcada por la
charanga anunciaba el primer pasador. Alejandro fue el encargado de romper el
fuego (nunca mejor dicho). El segundo fue el alcalde, Carlos Martínez, que
emocionado llevó a su hija sobre sus hombros. Al séptimo pasador rompió a
llover. Esto no impidió que hasta 34 valientes se atrevieran con las brasas,
de ellos tres chicas.
"¡¡Ese
cura, ese cura!!"
No
pasó ni mejor, ni peor, ni con más o menos arte que los demás, pero el gran
protagonista en la noche fue, sin duda, Antonio Arroyo, párroco de la
localidad (en la foto). Tras 26 años de trabajo pastoral en Tierras Altas, Toño,
como todo el mundo le conoce, sintió que este año tenía que ser, que en
esta noche amenazada de rayos y truenos tenía que consumar su condición de
sampedrano. Fue a las diez, dos horas antes, cuando Carlos le dijo al oído
que este año tenía que pasar. "Algo muy especial sentí en ese momento.
Empecé a darle vueltas y cuando llegó la hora me planté frente a las
brasas. Me habían hablado de las sensaciones, pero es verdad que no se puede
explicar". Cuando Toño surcaba firme el fuego, una estruendosa ovación
le acompañó. "¡¡Ese, cura, ese cura!!, jaleaba todo el pueblo
entregado.
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